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domingo, 25 de agosto de 2013

Después



(Canción con letra mía, música de Adriá Navarro y bajo de J. Barrena. 
Interpretada por Adriá Navarro)


Hicimos de un sótano oscuro un palacio de fuego,
edén subterráneo de dos, a dos besos del cielo. 
Pero una mañana la noche se llenó de excusas,
cambiaste tus ojos de mar por mirada de intrusa.

Y no se te quita,
no se te quita.

Después, ya ves,
cansado de buscarte en todas, me pierdo en cualquiera,
Después, ya ves,
si vuelvo borracho a mi casa, tu fantasma espera.

Y miras la puerta.
 

Ganamos la guerra contra los caprichos del tiempo,
Volaban los versos, cantaban los cuerpos.
Y así, sin promesas nos fuimos bebiendo recuerdos,
las penas con vino, deseo sin hielos. 
Pero una mañana la noche se llenó de excusas,
cambiaste tus ojos de mar por mirada de intrusa.

Y no se te quita.
 y no se te quita.

Después, ya ves,
cansado de buscarte en todas, me pierdo en cualquiera,
Después, ya ves,
confundo una duna de sal con una cordillera.
Después, ya ves,
dejo las ventanas abiertas por si tú volvieras.
Después, ya ves,
no duermo hasta el amanecer, tu fantasma no llega.

Y miro la puerta.

Sin cuartel

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Mis manos te andan buscando
para rasgar tu timidez
con violencia de pájaro.

Y me propongo hacer de nuestros versos
cuerpos
que toquen a las seis
zafarrancho de combate.

Tus maletas
siempre listas
amenazan retirada.

Preparo la invasión sin más armas
que las que ya conoces
y extrañas.

Cargo los dedos de municiones.
Afilo las palabras.

Y busco tu trinchera
con la ferocidad del que sabe
que enfrente no tiene un enemigo
si no un semejante.

Nunca acabaste de escribir
el manual con restricciones para amarte
así que el instinto
es único tratado que nos vale.

Cuando se ponga el sol
estaremos
los dos
más vivos que antes.

sábado, 24 de agosto de 2013

Prólogo de Marwan para EL ANIMAL

Marwan, que además de un músico como la copa de un pino y un poeta de cuidado, es un tipo generoso y un amigo cojonudo, me escribió el prólogo para el nuevo libro El Animal. Es este:


Los amores de un tigre veterano

Cuando leí este libro que tienes entre las manos me entraron más ganas de hablar sobre la mujer a la que está dedicado que sobre el propio autor porque sólo un gilipollas no se enamoraría de una mujer como la que Carlos describe en estas páginas. Porque una chica que se come el mundo con los ojos, una mujer que cuando teme que el futuro pueda quedarle grande te llama para que le hagáis un corte de mangasuna pantera que sabe querer de un modo inédito es alguien de quien no puedes huir sin dar gracias al cielo, a sus padres, a Buda o al destino por haberte cruzado con ella y de quien no puedes huir sin cruzarla antes a nado. Tendré que resignarme por amistad (y también por respeto a la joven pantera en cuestión) a hablar sobre el autor y sobre los poemas. Sé que él me perdonará que haya comenzado así su prólogo porque sabe que yo también sé lo que se siente cuando una mujer pantera te deshace a zarpazos el alma.

Carlos es un tigre veterano en la poesía y en los colchones. Lo mismo te clava una metáfora que un colmillo y lo peor (quiero decir, lo mejor) de todo es que, haga una cosa u otra, te pillará desprevenido, estás condenado ante sus versos. Cualquier mordisco o adjetivo te llevará directo a visitar su jungla de cafés llenos de muchachas que cambian las bragas por poemas y de poetas que cambian su alma por unas bragas.
Carlos sale a cazar poemas con sigilo, lo hace por la noche, cuando los versos están desprevenidos y esas pasiones de dudosa reputación piden formar parte de un folio. Así escribe él, como un experto cazador, siendo uno de los pocos que pueden traer piezas tan buenas, porque Carlos como los grandes depredadores sabes que no fallará, que cuando se arroje sobre el papel este no saldrá intacto, que conseguirá hacerse con el y traer un gran poema entre sus fauces.
Un canalla con el corazón de terciopelo, exactamente lo mismo que un lobezno, salvaje pero tierno, delicado y animal, así es Carlos, capaz de comerte a dentelladas el alma o el sujetador sobre las líneas de un poema y me temo que por extensión en la vida real. Pero como él mismo diría, Sr. Lobo, no nos las chupemos. Vamos a hablar del libro.

No distingo capítulos o partes diferenciadas en este libro. No hay secciones. Las diferentes partes del libro serían el pelaje, los mordiscos, la mirada inquietante, el sexo oculto, los movimientos, el sigilo y los zarpazos de una mujer pantera que te deja el corazón no sé si en mejor estado pero sí más agradecido a la vida. Son poemas que se tiran a tu cuello como un felino y no quieren soltarte porque quieren que entiendas la lección: que un colchón es la felicidad en miniatura y una vida sin pasión un trampolín hacia la nada.

Son poemas como embestidas suaves, que te golpean como un cachorro torpe, que te miran con delicadeza. Cualquiera que los lea se dará cuenta de que dos polos considerados como opuestos, lujuria y ternura, pueden abrazarse y ser parte de la misma cosa, del mismo corazón, que no tienen porque estar reñidas una espalda arañada o acariciada si al fin y al cabo el delito lo comete la misma mano. Esa es una de las principales características de la poesía de este libro, que es salvaje y acogedora al mismo tiempo. Hay pocas personas que sean capaces de escribir la palabra coño sin crear un agujero en un poema, sin que pierda el pudor una página en blanco. Él lo consigue y hace que te entren ganas de acariciar lo que relata. Nadie sabe decir coño como él lo hace, aquí queda demostrado.

Los ciegos pensarán que esto son solo poemas de amor, únicamente poemas de amor. Y sé equivocarán. Ningún poema es solo de amor cuando entra hasta el centro de los miedos y desnuda el alma de quien lo escribe. Ahí está lo especialmente conmovedor de la poesía y de este libro, cuando Carlos, un tigre veterano curtido en todo tipo de colchones, combatiente en los más oscuros bares, sicario de tantos corazones reconoce lo siguiente: que hasta ahora solo había conocido el amor por partes, que no había encontrado un amor completo, de 360º, como afirma cuando escribe “Así viví hasta ahora/ amando piezas de un puzzle femenino que me asustaba completar./ … A ti /en cambio te vi completa”. Lo impresionante de esto es el descubrimiento que de aquí se extrae: que alguien que ha vivido mucho y deprisa y ha transitado millones de emociones, que un tigre veterano endurecido en todas las batallas vea su alma inundada por la delgada inocencia de una pantera muchos años menor y se sorprenda de lo mucho que esa inocencia le descubre sobre sí mismo. Se confirma así aquello que una vez escribió Millás al afirmar que recuperar la ingenuidad es una de las mayores conquistas que se pueden llevar a cabo en la madurez. Y esto, como comprenderéis, solo puede provocarlo el amor, ese idioma que nos desnuda y vuelve a convertir a los amantes en dos cuadernos sin estrenar.

Igual de sorprendido queda nuestro poeta cuando de la mina de su lápiz comienzan a brotar versos sin fiebre, metáforas en almíbar, adjetivos de color rosáceo. Él lo acaba reconociendo, la felicidad hace sentir pleno al corazón pero a veces tiene un alto precio porque le quita credibilidad a quien escribe. La tristeza siempre es más fácil de relatar que el júbilo y la alegría no suele ser fotogénica: No consigo imponer a mis poemas/ la angustia que los vuelva respetables. La explicación a esto es simple: es culpa del amor. El verdadero amor que te hurta algunos versos pero a cambio lo transforma todo, convierte a un viejo en un cachorro. Al igual que el rencor y el desencuentro deforman la mirada del resentido, el amor lo deja todo renovado, le pasa un ambipur al alma y devuelve la agilidad felina al corazón del tigre gastado por los años: Ambos, gato y pantera,/ comparten el elástico lenguaje/ de sus cuerpos,/ y yo olvido que solo soy/ un tigre viejo,/ para sumarme al abrazo,/ cachorro de nuevo. El amor sin duda lo deja todo más limpio, incluso a nosotros mismos, es la gran revolución de nuestros tiempos y Carlos lo sabe: aquella tarde en mi salón/ supe quién soy/ al verme en tus ojos./ No se lo digas a nadie/ por favor / pero / casi me gusté. 

            No hay un hombre que posea un tesoro y no tenga un mínimo miedo a perderlo al mostrarlo a ojos del resto. El amante a menudo se siente inseguro y ve un lobo en el resto de hombres, teme ser el cazador cazado. Así los celos asoman el hocico por alguno de estos poemas, celos provocados por el miedo a perderla y que provocan que en un momento dado cruce por la cabeza de nuestro autor la idea fugaz de amarrarla con fuerza para que no se escape. Unas líneas después recapacita y entiende rápido aquello que cantaba Jorge Drexler en su canción: Estás conmigo, estamos cantando a la sombra de nuestra parra, una canción que dice que uno solo conserva lo que no amarra. Así nos cuenta el poeta cómo finalmente no cede al impulso de poner grilletes a la belleza: A veces siento/ la sucia tentación de enjaular sus maravillas./ Pero aunque pudiera ,/ no lo haría:/ ella es libre, feliz,/ y un poco mía. Estas son las contradicciones de todo amor, de todo amante que quiere lo mejor para ella y a veces teme que lo mejor para una joven pantera no sea precisamente lo mejor para un tigre veterano: Necesitar es el verbo que más odio,/ pero cuánto necesito que me necesites,/ que te falte un pedazo si estoy lejos,/ que me busques en tu pecho y en tus ingles. Los expertos en crecimiento emocional hablarían de dependencia, de que en estos versos el apego extremo disminuye la fuerza y autoestima del individuo pero a un tigre veterano no le hacen falta cursos de autoayuda para ser feliz. Aunque los cuerdos nos digan: Que un colchón en el suelo queda lejos del Nirvana/…/ Que es mejor un buen currículum que una sincera biografía./…/ Que la paz es solo la capital de Bolivia y la justicia una gallina ciega. Aunque tengan razón cada vez que nos suelten cosas como: Que no siempre serás joven y es mejor vender a tiempo/, él tiene una respuesta mucho más concluyente y feroz: que la razón / nunca lloró de felicidad tras un orgasmo, /o de premonición con un verso de Gonzalez/ que la razón nunca se sintió de cristal pero irrompible/ que es justamente como se sienten los amantes de este libro, eternos aunque la inmortalidad dure un parpadeo. A Carlos le basta una piel a corto plazo y saber que ella también precisa sus mordiscos porque los felinos nunca han entendido de convenciones, ni se piden eternas garantías: Yo quiero que me quieras a tu manera/ aunque lo digas poco y lo sientas todo el tiempo/ aunque nunca me escribas un poema./. Porque el amor que se sabe real no tiene puerta, viene sin cerraduras, y no busca paracaídas porque tampoco le interesa pisar tierra firmeNo importan las consecuencias, lo que importa es sentir, exactamente igual que al escribir un poema, que uno no sabe si dañará a alguien al hacerlo y no le importa siempre que consiga su objetivo: llegar al reverso de las cosas, ese lugar donde lo poético convierte en mágico lo ordinario. De esto sabe demasiado nuestro autor.

Como comprobareis este libro pasa por emociones de todo tipo: deseo, ternura, apego, celos, miedo, renovación emocional, veneración, sorpresa, lujuria, … Una de las pocas emociones que no transita es la decepción. Este es un libro para la esperanza, dure lo que dure. Da igual cuántas relaciones hayas transitado. Cualquier día, una joven pantera puede devolverte la alegría, sacudirle el polvo a tus rincones, elevar tu corazón a los altares.

Ahora toca acabar este prólogo, hacerlo de un modo brillante, con una volea con la zurda que entra por la escuadra, pero no es fácil, no me sale algo tan certero como esto que escribe el propio Carlos: Malditos poetas, los buenos,/ que le quitan al poeta mediocre/ la ocasión de decirte / nada mas original que / "has vuelto" y "te quiero"./ Para ellos la gloria y el talento./ Para mí, el milagro de tocarte/ y saber que sólo lo imposible/ es cierto. En este caso, yo tampoco tendré la gloría de rozarla pero sí el honor de que un genio al que admiro y quiero, me diera la oportunidad de escribir este prólogo, haciendo, como dicen sus 2 últimos versos, que lo imposible sea cierto.


                                    Marwan (Mayo de 2013)

Con piel de lobo

No me pidas la calma de praderas
en que pastan su certeza  las ovejas.

No reclames la paz
cuando has nacido para vivir en guerra.
Ni esperes compasión y treguas
de este devoto enemigo que te asedia.

No pretendas de mí más que la osadía
de deshacer relojes con caricias
dibujarte los mapas del tesoro con la lengua
destejerte y tejerte un palacio entre las piernas.

Seré tal vez ese que pasa con ganas de quedarse
a levantar contigo una ciudad sin policías
una aldea de besos
una iglesia sin rezos
un recuerdo que no duela.

Ese viento que te haga dudar entre dos pasos
y que te pida volver al lugar
en el que supiste
de verdad
quien eras.